PRÓLOGO
EL aire de un atardecer, el aire que circula en Las Meninas.
Un aire que no es espacio, que, en todo caso, es un espacio vivo, con vida propia, que se mueve, aunque no se aprecie su movimiento.
El aire libre no es exactamente el del campo, o el de las cimas, aunque tenga algo que ver con ellos. No es simplemente físico. Es un aire que, al mismo tiempo, es interior, un alma, y que también es y está afuera como el aire fresco de una meseta. Está abajo, entre los saucedales y mimbreras del arroyo, y en lo alto, como el espíritu, y como el ozono de las cumbres. Yo lo he sentido, por ejemplo, en la fría primavera de las sierras por Beas de Segura, al internarme por esos parajes donde estuvieron Santa Teresa y San Juan de la Cruz cuando se llegaron hasta Caravaca: lo sentí como brisa de la montaña, pero era, claro está, mucho más.
Está en Las Meninas, y está en las páginas del Quijote, en sus llanuras de la Mancha, y sus prados de la Vida.
Al reunir estos escritos yo habría querido que un poco de ese aire pasara por ellos, y los vivificara, y les diera un alma.
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Esta recopilación se compone de artículos y ensayos aparecidos en periódicos -El País, El Sol, y otros diarios-, revistas -como Península-, y diversos libros y catálogos. Habla de personas, de creadores y de la creación artística, de la alegría de vivir, de lugares, de cosas muy diversas, a la vez universales y personales.
Después de haber preparado la selección, al leer el índice, me di cuenta de que muchos de los escritos aquí reunidos, estaban dedicados a amigos míos, grandes y verdaderos amigos, lo cual me hizo pensar que yo he sido en esta vida muy afortunado en la amistad, que es como decir en casi todo lo que importa. Cuando repasé estos artículos, y vi -con cierta sorpresa- que era así, que con todo este variado personal tenía una relación, antes que nada, de verdadera y profunda amistad, yo mismo me quedé pensativo, feliz, hasta donde se puede ser feliz en esta existencia.
Porque, como sucede con los seres en la vida real, yo había elegido estos escritos a los que me refiero sin darme cuenta, sin querer. Y de pronto vine a encontrarme con todos ellos.
En ese grupo unido por la amistad -muchos de ellos se conocen entre sí-, hay hombres y mujeres, hay pintores y escritores, y hay quien no es artista: por ejemplo, una compañera, profesora, que se jubila.
Mi biblioteca tiene unos armarios bajos en los que guardo artículos o recortes de prensa, metidos en carpetas. Cada carpeta lleva una etiqueta, un pequeño rótulo según el tema al que está dedicada: ESPAÑA, MADRID, PERSONAJES, GUERRA CIVIL. O bien: MÚSICA, CINE etc. Hay una carpeta miscelánea y algo misteriosa: VARIOS. Y luego hay unas cuantas que llevan el rótulo AMIGOS, donde guardo lo que tiene relación con escritores o artistas que son amigos íntimos, o muy, muy cercanos.
No tengo que decir que todas estas ordenaciones son el medio más seguro para no volver a ver los artículos y recortes, que duermen allí el sueño de los justos. Si tengo que escribir sobre algo, busco documentación nueva, o repaso notas mías, y pocas veces voy a esas soñolientas carpetas. Pero existe una excepción: con cierta frecuencia, abro una de las carpetas azules que llevan el rótulo de AMIGOS, y releo los artículos, los poemas, las entrevistas, o contemplo las fotos de los cuadros de las exposiciones, con un sentimiento de placer y de certeza.
Y a mí mismo me produce asombro -un grato asombro- que haya esa honda afinidad entre lo que encuentro en esa carpeta y yo mismo. Las páginas del presente que más me interesa leer, las noticias que más de cerca me emocionan, los cuadros que más me agrada volver a ver, están relacionados, directa o indirectamente, con lo que encierran esas carpetas azules.
Los demás escritos aquí reunidos, más generales, toman su tono, en buena medida, de estos artículos. Hablan de una larga amistad con la vida y sus seres, una aceptación de su belleza, de su dolor, de su verdad.
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Como he dicho al principio, este libro trata de otras muchas cosas, de una cierta poética, del prodigio de la creación, de paisajes y ciudades, de los grandes autores clásicos, de recuerdos personales de infancia y juventud. Habla de otros momentos más cercanos a esta edad que voy teniendo, y que llaman de la madurez: momentos que también empiezan, sin melancolía, a hacerse recuerdos. El aire libre, que es como decir el verdadero ámbito de la existencia, está en todos esos temas, como está en esas viejas carpetas. Sólo me queda por desear que el lector lo sienta también, fresco y vivo, en estas páginas que siguen.