Filosofía del dinero
Resumen del libro
Simmel es un habitante de las zonas hiperbóreas de la imaginación sociológica. De vez en cuando, al volverse ésta sobre sí misma, siente que debe hacerle justicia por tratarse de un personaje algo olvidado, algo, incluso, preterido. El hombre había nacido con una constelación de malos datos para hacer ...
Simmel es un habitante de las zonas hiperbóreas de la imaginación sociológica. De vez en cuando, al volverse ésta sobre sí misma, siente que debe hacerle justicia por tratarse de un personaje algo olvidado, algo, incluso, preterido. El hombre había nacido con una constelación de malos datos para hacer carrera universitaria: era rico de familia y de origen judío. La riqueza no llegaba a inmensa fortuna (procedía de una fábrica de chocolates de su padre y de los bienes que le legó un amigo de la familia que fue su tutor al quedar él huérfano), pero le dio para vivir sin preocupaciones económicas, hasta que alguna especulación desafortunada le mermó tanto el patrimonio que hubo de tomarse en serio el propósito de optar a una cátedra universitaria. Su condición judía no era, diríamos hoy, muy visible por cuanto los padres habían abandonado la fe de Moisés y el hijo, bautizado protestante, no la practicó jamás. Esta condición judía, sin embargo, fue suficiente (o coadyuvó en muy buena medida) para mantenerlo alejado del reconocimiento académico 1, relegado a la humilde condición de Privatdozent, hasta alcanzar por fin la cátedra en 1914, a los 56 años de edad y cuatro antes de su muerte, en una facultad de filosofía de una universidad de provincias, en Estrasburgo, hoy importante ciudad del cosmopolitismo europeísta.
No es suficiente, sin embargo, aducir la condición semita de Simmel para explicar los avatares de su existencia. Obviamente, Simmel es un alemán de ascendencia judía; pero este judaísmo no se hace observar en su obra, a menos que se crea de forma bien racista que el hecho de haber dedicado uno de sus trabajos más ambiciosos a la filosofía del dinero tenga algo que ver con ello, como una especie de oscuro mandato de la raza. Cualquiera puede apreciar que Freud, por citar un coetáneo algo más joven en similar predicamento como judío no practicante, dedica una parte considerable de su obra a indagar en el ámbito conceptual judaico. Su preocupación, su obsesión, cabe decir sin exageración, con la figura de Moisés no deja lugar a dudas. Si Moisés es el padre del pueblo judío, el judío Freud, teorizador del complejo de Edipo, constituye un buen caso práctico de su teoría. En Simmel no se encuentra nada parecido 2. Si se trata de buscarle algún caso análogo, más por la vía pasiva del judaísmo que por la activa, viene antes a la memoria el de Dreyfus, tanto por la época como por tratarse de un episodio en el que uno de los actores era un "estado de espíritu", una forma de la opinión pública, diríamos hoy, compuesta por un difuso cuanto extendido antisemitismo en las sociedades europeas, muchas de las cuales aún no hacía más de 25 años que habían procedido a emancipar legalmente a los judíos.
El caso Dreyfus, no obstante, podía darse en el Ejército, debido a la especial naturaleza de la institución, poco proclive al cuestionamiento crítico, así como de las fuerzas políticas que le eran (y son) afines. Pero es más difícil de admitir en la Universidad, reducto augusto del libre examen, que no puede contagiarse con pasiones ajenas a la ciencia; y el racismo lo es en cualquiera de sus casi infinitas versiones, si bien esto quizás no estaba tan claro a comienzos del siglo XX, cuando se creía que medir el cráneo a la gente llevaba a algo. El informe de Herr Schäfer suena un poco a pretexto. El antisemitismo como excusa para cerrar el paso a un candidato a la cátedra al que también se formulan (y siguen formulándose) otros reproches, como el de ser superficial, falto de rigor y sistema, ocasional, fragmentario, relativista, escéptico y... brillante. Cualidades que se apreciaban en el hecho de que el reconocimiento que la academia negaba a nuestro autor se lo concediera la sociedad; es decir, el mercado 3. Su éxito social, su capacidad para convocar a auditorios de la clase media berlinesa que lo escuchaban arrobados quería verse como prueba de su falta de rigor y de méritos para acceder a la docencia universitaria, que debe estar a resguardo de que puedan acusarla de lo mismo que a Sócrates. La falta de sistema y de rigor eran de ver en el hecho de que, siendo filósofo, Simmel abordara campos muy diversos, con especial dedicación, desde luego, a la Sociología, pero sin descuidar la ética 4, la estética, la literatura o la historia contemporánea. Es decir, nos aproximamos a marchas forzadas a un tipo humano que la Universidad rechaza horrorizada desde siempre: el diletante. Y Simmel, a pesar de su rostro de teutón estudioso o de judío errante (según el prejuicio del observador) acabaría siendo catalogado como el autor trivial, de moda en los círculos sociales à la page y, por lo tanto, perecedero y fútil, al contrario que las sólidas glorias inmarcesibles de la academia, como el tal Herr Schäfer, firmante del informe contrario a las aspiraciones de Simmel y hombre que no parece haya pasado a la posteridad por ningún otro mérito.
Hay un acuerdo generalizado en reprochar a Simmel los citados defectos: superficial y fragmentario. Y lo hay también en que es uno de los pensadores que más ha influido en la historia del pensamiento sociológico. ¿Cómo se explica que un hombre superficial y fragmentario en su obra y que, además, ya reconocía él mismo que no alcanzaría a tener discípulos 5 resulte ser un referente para la sociología posterior más seria, como reconocen desde Parsons (aunque piense que su propuesta fundamental es inaceptable 6) hasta Gouldner? Hay varias razones para ello y que apuntan a procesos de enjuiciamiento de calidad de los autores a veces contradictorios. Por ejemplo, el carácter fragmentario de la obra de Simmel (personalmente no la llamaría fragmentaria sino algo así como una obra que apunta tous azimouts, actitud muy atractiva para quienes creemos que el espíritu humano es una totalidad integral de suma complejidad), considerado como una insuficiencia en tiempos en que, de acuerdo con el neokantismo imperante, había que revisar a Kant pero no la idea del sistema filosófico, parece verse en la era de la postmodernidad con mayor indulgencia, cuando no con vehemente entusiasmo. Simmel el fragmentario, el mosaico Simmel, es prueba pionera de que los "grandes relatos" son imposibles. Golpe de péndulo de la opinión académica al que están sujetas las personalidades del pasado: de ser un insuficiente por fragmentario, Simmel pasa a ser un adelantado por fragmentario. Y bien podría decirse que se haya hecho justicia por fin. Se dice, a veces, porque es cómodo. Pero es también falso. Simmel es un autor fragmentario malgré lui même; él quería ser sistemático; era lo que se proponía (si bien poniendo tales condiciones para la aceptación de un sistema que prácticamente lo hacía imposible) y lo que pensaba que acabaría consiguiendo alguna vez. Al fin y al cabo, como todo el mundo, Simmel era un hombre de su tiempo, es decir, multidimensional y contradictorio. Y su tiempo se había alimentado en las estrictas verdades del positivismo, empeñado en encontrar una explicación válida para el comportamiento humano paralelo a las explicaciones científicas del mundo no humano.
Información básica
| Autores | Simmel, Georg |
|---|---|
| ISBN | 978-84-8444-720-7 |
| Editorial | Comares |
| Materia | Asesinos en serie - Historial reales - No ficción |
| Idioma | Español |
| Colección | Crítica del Derecho * Arte del Derecho |
| Edición | 1 |
| Num. páginas | 706 |
| Fecha Publicación | 01-02-2003 |
| Encuadernación | Rústica |
| Edad recomendada | Lectores con edades entre los 13 y los 17 años |
| Formato | Formato Libro Normal |
BREVE INTRODUCCIÓN A SIMMEL Y SU FILOSOFÍA DEL DINERO
PREFACIO
CAPÍTULO I
VALOR Y DINERO
CAPÍTULO II
EL VALOR SUBSTANCIAL DEL DINERO
CAPÍTULO III
EL DINERO EN LOS ORDENES TELEOLÓGICOS
PARTE SINTÉTICA
CAPÍTULO IV
LA LIBERTAD INDIVIDUAL
CAPÍTULO V
EL EQUIVALENTE MONETARIO DE LOS VALORES PERSONALES
CAPÍTULO VI
EL ESTILO DE VIDA
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