Miguel Espinosa fue mi padre, mi maestro y mi amigo; mantuvo conmigo una relación imborrable, llena de gracia y verdad. Y yo diría que, en virtud de un íntimo y misterioso acuerdo entre los dos, en virtud de una mutua vocación, llegó a ser mi hijo. Siento, sí, la necesidad de comunicar esta intuición, aunque me veo incapaz ahora de aclararla y desarrollarla como idea; permítaseme que, una vez dicha, no dé más razón de ella. En realidad, él era la atmósfera que me rodeaba y el elemento en que yo me desenvolvía; y hoy, diez años después de haber desaparecido, conserva en parte esa condición. Por ello me resulta difícil, casi penoso, objetivarlo mediante un escrito, aunque sea en el ámbito de mi conciencia, y dirigiéndome a un lector propicio; porque nadie puede convertir en tema aquello a partir de lo cual vive, sin dañar un poco el propio ser. Y esto es tan cierto que, cuando escucho juicios abiertamente elogiosos sobre Miguel Espinosa, me entristece la objetividad de los pronunciamientos, por mucho que su verdad pueda confortarme. Entonces pienso que sólo me daría satisfacción aquel juicio, acerca de mi padre, cuya verdad, por la fuerza del espíritu contenido en ella, anulara toda objetividad. En este juicio el conocimiento sería vida, con lo que se haría presente, salvada, la persona de Miguel Espinosa. Pero, claro, no está en la mano de hombre alguno poder semejante.
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Cuando desapareció mi padre, descubrí que había vivido tantos años junto a él sin llegar a hacerle esta pregunta, que ahora me parecía decisiva: "¿Quién eres tú?" Me sentí culpable del descuido, si bien comprendía que su presencia viva, siempre a mi lado, había impedido el nacimiento de la cuestión, que presuponía su ausencia, y un saber acerca de su ausencia.
¿Quién era Miguel Espinosa? A pesar de que él se manifestó y acreditó mediante el afecto, la palabra y la escritura, hoy tengo la sensación de que pasó entre nosotros manteniendo su incógnito. Tal impresión se acrecienta cuando leo cualquiera de sus obras. Llega cierto momento en que he de interrumpir la lectura, cerrar el libro y buscar, casi sin quererlo, primero a mi alrededor, y luego más lejos, a la persona que está detrás del texto. Persona, aquí, es como el centro invisible del que parten, o sobre el que convergen -da igual-, las líneas de fuerza que inspiran y arman los textos. "Mucho ser debe de encerrar ese centro -me digo entonces, olvidando que hablo de mi padre-, para dar unidad a libros que son creaciones tan diversas."
¿Quién fue Miguel Espinosa? Quienquiera que fuere, parecía sostener el mundo sin esfuerzo; parecía poseer las cosas sin necesidad de cerrar la mano sobre ellas; parecía, incluso, disponer de recursos para salir airoso, con bien, de situaciones en las cuales el salir ya no es una posibilidad humana.
Por eso, cuando supe que había muerto, y fui a verlo, la incredulidad y el escándalo intelectuales, ante la materialización de un absurdo, de un imposible puesto ahí, delante de mis ojos, me preservaron, en principio, del dolor.
Mi primer pensamiento fue que él, con astucia, con prudencia política, se hacía el muerto, cumpliendo externamente con el destino, para poder retener la vida y usar de ella en el momento más oportuno. Y como su cuerpo presentara el aspecto de todo cadáver -según es fuerza-, como no resultara en esto diferente de cualquier otro, en tal sujeción suya a lo común yo creí ver disfraz y ocultamiento, la prueba de que interpretaba una comedia, no por cósmica menos fingida. Y así como ciertos espectadores, ante una representación llevada a cabo de manera admirable, no ceden al encanto de la ilusión, sino que parecen más conscientes del artificio, en razón de la perfección allí desplegada, así yo pude decirle: "¡Estás vivo! A mí no me engañas. Te delata la maestría, el modo virtuoso con que permaneces quieto."